¿Temeraria o temerosa?

Hoy estuve pensando en los miedos. Pensando cómo, en cierta forma, están subestimados como algo bueno o, lo que es similar, sobreestimados como algo malo.

Me puse a pensar también un poco en cuestiones semántico-lingüísticas, y en lo extraño que es el hecho de que palabras tan distantes se vinculen y tengan igual raíz etimológica (or so it seems). Ser temerario o temeroso son dos extremos, ninguno de los cuales llega a representar o a definir el valor que yo veo en el miedo. El temerario se lleva el mundo por delante (estúpida e inconscientemente). El temeroso está estancado. Y a mi lo que me gusta es cómo, de alguna manera, el miedo tiene esa doble capacidad intrínseca de ser un obstáculo, y de poder convertirse en movimiento, para ser capacidad de generar cambios y sinergias.

De un modo poético-filosófico, los miedos me gustan como ejemplo de la particularidad de la naturaleza humana, y de lo inexplicables e impredecibles que son ciertas cosas.

Desde esa misma óptica, me gusta cómo el miedo tiene esa extraña manera de vincularse con otras abstracciones internas, causando y siendo el efecto o resultado de otras cosas que nos pasan.

Hay miedos y miedos, claro. En este momento, mi mayor temor pasa porque mi brazo haga algún movimiento estúpido y bestia (algo altamente probable) y la taza de té que estoy tomando (en hebras, sin azúcar) caiga sobre el teclado.
Me dan miedo (fobia más bien) las cucarachas, pero está todo bien con el resto de los insectos.
No me dan miedo las alturas ni las montañas rusas, y me jacto (haciéndome la valiente frente a hermano) de que no le tendría miedo a un tiburón si me cruzara a uno nadando. Tengo también un incontrolable miedo a ser atropellada en la calle (cosa que me hace cruzar las calles ridícula o lentamente -según sea el caso- para gran vergüenza de mi/s acompañante/s), que no tiene ninguna clase de coherencia con mi poco miedo (cuasi-inconsciencia a veces) en cuestiones de seguridad.

Me gusta cómo un miedo puede caracterizar a una persona, aunque no tanto cuando la define irremediablemente.

Me gusta cuando algún miedo toma sus petates y se va al Congo Belga. Aún sabiendo que vendrá otro detrás.
[Me encanta la alusión al Congo Belga como lugar para irse a la mierda]

Me da miedo superar ciertos miedos, pero me gusta el momento de inconsciencia (de I don’t give a shit), ése continuo espacio-temporal que está entre tener miedo y superarlo.

Me gusta hacerme la que no tengo miedo frente al mundo, para poder ser vulnerable sólo con ciertas personas.

Les dije “chau, chau, adiós” y cerré la puerta olvidando ciertos miedos. Pero me da miedo el olvido (olvidar y ser olvidado).

Me gusta pensar que todos tenemos miedo, y que no soy la única. Pero me da miedo ser igual a todos y no ser única.

Pero por sobre todo, me gusta cómo, a pesar de la incomodidad que produce, en el fondo el miedo es lo que nos hace reales e imperfectos.
Imperfectamente bellos. Imperfectamente reales.

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Escribiendo ésta última frase, y gracias al elefante que habita en mi memoria, recordé que alguna vez había escrito algo que iba en esta misma línea (en un contexto y tiempo totalmente diferente a éste). Lo busqué: Documentos > Varios > Escritos > Otros. Listo! Lo encontré. Decía algo así:

“Se da cuenta, entonces, que no hay razones para inquietarse. Los miedos y las inseguridades muchas veces son inevitables, pero está en nosotros saber qué hacer con ellas. Lo cierto es que, a fin de cuentas, no podremos huir de ellos mientras seamos reales […] y vivamos por cosas que valgan la pena. Así ella logra ver que en lugar de preocuparse por tener temores, más vale inquietarse por no tenerlos. Más vale tener miedo a perder, que no tener nada que perder […]”.

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También, para no faltar a la verdad omitiendo, voy a decir que estuve influenciada por la canción “Fear & Love” (resultado obvio del amorío post-recital que estoy experimentando esta semana)