Ticking away

Pensar en el tiempo genera un remolino en mi cabeza. Me desconcierta, me desconcentra, altera mis ideas, las desordena, mezcla y superpone.

Digo tiempo y se me aparece la canción de Pink Floyd, se aparece Borges, un reloj de Dalí, la noche de hace casi veinte años en la que dejé de ser hija única.

El tiempo pasa, la arena corre, las agujas del reloj continúan girando… y es como si no lo percibiéramos. Es como si la conciencia del transcurso del tiempo viniera a modo de ráfagas en determinados momentos o ante determinados sucesos. Y me pierdo tratando de encontrar el límite entre la objetividad y subjetividad del tiempo (si es que puede decirse que exista tal cosa).

El tiempo son las fotos que acumulo, la suciedad de algunos vidrios, el color amarillento en los libros. El tiempo son las manos de mi abuela, las canas de mi viejo, el tamaño del Roble de mi jardín. El tiempo es el sol, son las estrellas. El tiempo es hoy, ayer y mañana. El tiempo son los demás, las manos que me sujetan, los caminos que me abren. El tiempo soy yo, las marcas de mi piel, los pasos de mis pies.

El tiempo es uno, muchos y ninguno. El tiempo nos da, nos quita, nos regala y nos pide. El tiempo nos acerca y nos aleja.

Pero… ¿acaso el tiempo nos da a elegir?

Los veo, perdidos en el tiempo. Encontrándose sin elegirse. Escapando para volver a encontrarse. Sin definirse, simplemente siendo. Y me pregunto si ha sido el tiempo el que los ha topado a modo de accidente premeditado. Me pregunto si ha sido el tiempo o han sido ellos mismos. Me pregunto si es el tiempo el que está esperando para hacer su jugada, o si son ellos los que tienen que mover las piezas del tiempo y hacer el jaque mate.