La autopista del sur

Mi nivel de ansiedad alcanzó en estos últimos días niveles cuasi-cómicos. Una rara conjunción de ansiedad, mezclada con un poco de inquietud, una procrastinación crónica y un afán por optimizar y multi-taskear.

Leo dos hojas y ya estoy contando las páginas que me faltan para terminar el libro de Mitzberg sobre estructura y diseño organizacional (que leo no por elección directamente mía, claro). Miro alguna serie en la televisión, pero a la vez juego al solitario y chequeo mails (y hasta encuentro lugar para reírme).

No puedo dejar de esperar con ansias el arribo de todo eso que quiero.
Quiero un viaje.
Quiero irme.
Quiero llegar.
Quiero todo ,
y si es posible que sea ya, ya, ya.

Así de repente, como quien no quiere la cosa, me convierto en un personaje literario. De repente, un congestionamiento en la autopista me hace sentir la protagonista del cuento de Cortázar, salvando, claro está, las diferencias entre París y el oeste del conurbano bonaerense.

Un camión que cayó desde arriba de un puente, un auto dado vuelta con sus ruedas apuntando hacia una luna cargada de humedad.
Dos vidas que dan un giro y vuelco inesperado en una suerte de cámara lenta trágica e inevitable.

De repente, dejo de pensar en querer llegar. Así como así, me olvido del dolor de cabeza, del hambre y del quejido de mi estómago. En el medio de un mar de vehículos, luces y bocinas recuerdo que, incluso atascada, avanzando lentamente mientras observo las expresiones de los rostros y los movimientos de los automovilistas a mi alrededor, lo más importante sigue siendo el camino, y no el destino. Porque sigue siendo más importante andar (y disfrutar de lo andado) que llegar.

——————–

El post me llevó a ésta canción, y después a ésta otra.
Explanation: la vida es un viaje, y no concibo tal cosa como un viaje sin música.