Retro II

En uno de esos actos de mera nostalgia que cada tanto me agarran, el otro día me desvelé viendo un video que hermano digitalizó recientemente. El video en cuestión, filmado completamente por abuela (la misma de siempre, la de Facebook, Twitter y zapatillas Adidas), serviría como evidencia cuasi-biográfica de mis primeros años si algún día me volviera famosa y alguien decidiera hacer un racconto de mi vida. El video se inicia a mis 5 días (di-mi-nu-ta!), finaliza alrededor de los “2 y pico”, y es una suerte de resumen de “grandes hitos” y cotidianeidades  fruto de tardes enteras compartidas con abuela. Imagino que allí se debe haber forjado ese amor incondicional que me une a ella sin pensarlo, casi instintivamente diría, y que me hizo soñar en mi más reciente siesta que la abrazaba y le daba besos y más besos sin parar, como queriéndola retener conmigo.

Actos de nostalgia como éste recrean cosas que ya no son, que ya no están y que no volverán a ser ni estar nunca de igual manera. Y si bien los videos son puro movimiento, en su sentido nostálgico tienen mucho de estático (el pasado ya pasó, y allí quedó, intacto). Pero desde otro punto de vista, estas recreaciones nos ayudan a ver aquellas cosas que no cambiaron, no por estatismo, sino simplemente porque incluso con el paso del tiempo, hay cosas que permanecen (o en todo caso se reiteran similarmente). Como la voz de mi abuela. Como su eterna paciencia y sus habilidades tecnológicas way too developed para su época y edad (bastante buena edición, casi no hay silencios porque se aseguraba de poner música, etc.).

Y entonces, mirándome 22 años en retrospectiva, me entendí un poco más. Me vi levantarme, sentarme, levantarme otra vez, correr y no parar un segundo de bailar y moverme, y entendí por qué me cuestan las horas inmóviles en la facultad, por qué necesito levantarme a caminar en una sobremesa de horas, por qué siempre ando moviendo un piecito al compás de lo que sea o por qué me cuesta compartir la cama sin sentir el miedo de que que el otro me eche a patadas: me muevo mucho y me cuesta quedarme quieta.

En parte siempre estuve “orgullosa” de esta característica, o por lo menos nunca la renegué y siempre la preferí a la quietud que tenía mi primo S., que lo dejaban en el medio de una cama y podía quedarse horas ahí, centrado, sin moverse, cual ameba. El problema es que también me da un poco de miedo. Me da miedo que la inquietud pueda volverse inconstancia, y que esas ganas avasalladoras iniciales se desgasten al tiempo y se desvanezcan como un castillo de arena con la marea. Me da miedo que por ese aburrimiento finalmente deje muchas cosas inconclusas sin darme cuenta (flashback a “Trátame suavemente” aquí).

Me vi, también, ordenando y acomodando, retando a una vecinita (refiriéndome a ella al grito chillón de “Nena!!”) porque desacomodaba el mantel de le mesa ratona. Y ahí re-descubrí las claras influencias de madre, y su afán por el orden y la organización (muy Mónica). Pero al mismo tiempo me alegré de poder constatar que algunas de esas cosas que madre me había “heredado” (o impuesto casi sin quererlo) se fueron desvaneciendo como el castillo de arena. Sí, ordenada y organizada sigo siendo, pero más lo segundo que lo primero, y lo primero más por fuera que por dentro (contraste entre el estado de la pieza con el del armario y cajones). Más allá de estas cuestiones puramente estéticas (o de sentido común, como diría Mónica), con el tiempo supe (o pude) desprenderme de otro tipo de estructuras, de ser más libre, de dejar tanto Post-it y papelito organizador en los apuntes de la facultad, de agrandar y desemprolijar esa letra que parecía milimétricamente dibujada, de tachar sin usar Liquid Paper. Y me alegré. Me alegré de descubrir que más allá de esas mínimas estructuras, madre y padre me habían dado las suficientes herramientas para que yo pudiera salirme del centro de la cama por mi cuenta, para poder soltar la mano de madre y dejarla lagrimeando mientras yo entraba corriendo al jardín de infantes. Me alegré de recordar que además de muñecas, me habían regalado ladrillitos de colores para que pudiera construir lo que yo quisiera, y libros y cuentos para que algún día creara mis propias historias.

Espero que, llegado el momento, mis hijos descubran un video así. Y quiero haberles dado ladrillos, música y libros, herramientas para que sean lo que quieran ser, y yo poder acompañarlos mientras continúo descubriendo lo que soy y lo que quiero ser.