Cajones con olor a Blem

Revolviendo uno encuentra. Oh, si.

Encuentra polvo, papeles amarillentos, botones, pegotes y peluza en el fondo del cajón. Un diente de leche, un mechón de pelo, los aparatos y el yeso firmado de aquella vez que te fracturaste. Cartitas de un novio infantil y de esa pseudo-amiga que por suerte dejaste ir. Tarjetas de cumpleaños, papeles de caramelos Suchard de cereza y la única caja de cigarrillos que fumaste a escondidas. Cuadernos, diarios íntimos que alguna vez te propusiste continuar, agendas vacías, lapiceras sin tinta y resaltadores gastados.

Revolviendo también sale lo invisible, polvo y fantasmas de antaño. Es que las cosas son más que sólo algo material. Cada objeto guarda fuerzas y energías. Nos remonta a algo que fuimos o algo que tuvimos, y en parte nos ata, nos retiene en ése tiempo que ya no nos pertenece.

Y sólo allí, reviviendo la invisibilidad de lo que fue, te das cuenta de que es hora de revolver los cajones. Vaciar todo su contenido en tu cama y empezar a separar qué se va y qué se queda.

Así es como descubrí que, aún creyendo haberme deshecho de las cosas (materiales y no materiales) de una vida que ya no llevo, había una reminiscencia chocolatosa que se había camuflado camaleónicamente con el resto de mis pertenencias por años, sin que yo siquiera me percatara (cuando en realidad su lugar ya no era ése desde hacía mucho tiempo, además de ser un claro atentado contra la salubridad!). Entonces lo tiré. Sí, en un acto de rebeldía y liberación agarré y lo tiré.

Y ahora agarro Blem y una franela, mientras canturreo algún tema acorde al sol de ésta tarde de domingo, y me pongo a sacarle brillo al fondo de madera de los cajones, para volver a guardar algunas cosas con las que sí quiero quedarme, que me conectan con la niña que fui y la parte de ella que conservo; pero a la vez haciendo espacio para dar lugar a nuevas cosas que fui adquiriendo en el camino (y a las que vendrán!), como esa piedra que me trajeron de una playa, el libro que me compré en Strand, la libreta gastada (pero orgullosa) de la facultad.

Total, después de todo, lo que es esencial en esta vida es invisible a los ojos (y al tacto).-