Testigo descubierto

El otro día fui testigo de casamiento por primera vez en mi vida. Mi primo E., el único mayor que yo, ése que en la filmación de mi 1er año tenía tan sólo 8, me eligió (tiernamente) para que fuera una de sus testigos (única mujer, btw).

Así, sin saber mucho qué esperar de semejante tarea encomendada, fui, y me vi ante la situación no sólo de tener que firmar un acta (legal) sino también de decir unas palabras. Palabras que, sorpresivamente, salieron de una manera natural, sorpresivamente espontáneas y verdaderas.

El día en general me dejó pensando en varias cosas, principalmente en la familia, las familias, mi familia.

Pensé en las presencias y ausencias. En los desplantes de mis abuelos paternos a lo largo de los años, en los enojos de mi tía materna, y en toda la sarta de nimiedades y detalles que hacen a la vida “en familia”. Y entonces me quedó rondando la idea de cuan arbitraria y azarosa es en realidad la conformación de la familia en general (no hablo del núcleo cercano: madre, padre y hermano en mi caso).

Entonces, ¿qué es realmente la familia?

Lo cierto es que yo quiero huirle al uso común y mediatizado que pone a la familia y a los parientes en la misma bolsa, y quiero defender una idea más mía, más subjetiva del concepto. Porque para mi una familia se elige, se hace, se construye en lo diario y en lo pequeño. Un pariente, en cambio, puede ser tan sólo un accidente, una casualidad, o una elección que nos es (total y absolutamente) ajena.

Y entonces pienso en mis parientes. Y después en mi familia. Pienso en esa gente con la que no me une el accidente de compartir genética, esa gente que no lleva mi apellido ni el de mi madre, pero que a diferencia de algunos que sí lo hacen, son parte de mi cotidianeidad, son parte de mi proyecto de vida, son parte mía y de lo que soy.

Y entonces así, después de todo, mi familia sí es una familia grande “a lo tano” (no estilo mafia como mi pariente político L.V., though), porque es tan grande como que yo quiero que sea, y puede llegar a ser más grande aún.

Por otro lado descubrí que mi aparente aversión y rechazo al matrimonio no era tal. Por años creí no apoyar ni ser fanática del matrimonio, creí verlo como otra de tantas imposiciones culturales, sociales (imperialistas!) y ni hablemos de religiosas, en caso de que decidiera meter a la Iglesia en todo este meollo.

Con dudas acerca de si la edad me ha vuelto más sabia, más adulta, más boluda o más permeable a ciertas convenciones que antes veía como innecesarias, igual puedo decir que algo cambió. El juez resaltó que “el Estado apoyaba el matrimonio porque estaba a favor de la familia”. Y quizás por ahí pase la cosa. El matrimonio puede ser (y es) una cuestión consuetudinaria, algo heredado de épocas que nadie recuerda ni se pone a pensar por qué son como son. Es un papel, una formalidad legal. Pero detrás de ello está la idea de una elección conjunta por formar una familia. Si eso es lo que significa el matrimonio, entonces sí lo quiero. Con o sin papeles, quiero aprender junto a alguien cómo ser una familia. Quiero aprender por qué estoy acá. Quiero niños correteando (porque dudo que se vayan a quedar en el centro de la cama), música de fondo, libros desparramados. Quiero mochila en el hombro siempre lista. Quiero mapas y palabras. Y quiero a esos, a la familia que yo elijo, cerca, siempre cerca…