Miopía III: miopía cotidiana

El día en el cual te planteás que también podés disfrutar de la cotidianedidad de la vida común, corriente y diaria, y decidís dejar de pensar en “fin de año”, “las vacaciones”, “el año que viene” o “cuando termine la facultad”, empezás a percibir las pequeñas cosas que suceden a tu alrededor.

Gracias a esta determinación (más bien del tipo racional) que tomé, pude llevar registro de algunos sucesos inusuales en las últimas semanas:

– Apoyada en la pared de un banco escuchando el último CD de Death Cab for Cutie, me encontraba yo (T.) esperando a  mi amiga F. para emprender juntas la vuelta al lejano oeste. Distraída, pero mirando en la dirección desde la cual creía que vendría F., levanto y estiro la pierna. En ése mismo instante un perro diminuto (no de los lindos, sino de los que son odiosos), con su dueño unos metros detrás, dobla la esquina sin que yo lo vea. Por esta razón, mi estiramiento resulta en una patada indeseada (por lo menos no conscientemente) al perro en cuestión y, sin ser vista por el dueño (obvio), empiezo a reír sola en la calle. El mismo día había encontrado una tienda de música adorable y había comprado un jean con descuento. Buena forma de terminar la semana. Well done!

– Día de semana. Asado en la oficina devenido cena con guiso de por medio. Pensando que tenía que volver por Juan. B. Justo había previsto posibles disturbios a causa de un partido de Copa Libertadores de Vélez. Más allá de mi previsión, fue inevitable el amontonamiento de autos en las inmediaciones de la cancha. Ambulancia en dirección contraria quiere doblar. Nadie la deja pasar. La boluda (yo) mueve su auto unos metros aprovechando el movimiento del auto de adelante el cual, redepente, clava los frenos. La boluda frena, pero la distancia no era suficiente, y golpea al auto de adelante (sin daños para su propio auto, pero abollando al otro). El dueño teen del auto en cuestión putea a la boluda. La boluda le pide disculpas y le explica la situación de la ambulancia. El teen la sigue puteando. Estacionan a un costado y se pasan los datos correspondientes para el seguro. La boluda se da cuenta que el auto es del padre del teen (por la conversación que él tiene con el padre explicándole lo sucedido por vía telefónica). Él la putea un poco más. Long story short, el teen pide disculpas a la boluda por haberle gritado, reconociendo que ella no había tenido la culpa. De esta manera, la boluda  superó airosamente el primer choque en su haber. Well done!

– Con el estreno del Metrobus, me propuse probarlo, tratando de no ponerle (casi) ninguna expectativa. Más bien por realista que por anti-macrista (aunque lo sea), presuponía que, si bien se trataba de una buena idea en la teoría, algo iba a pasar e iba a hacer que las cosas salieran mal y fracasaran. Por el momento, ya que no quiero adelantarme y tildarlo de invento exitoso sin darle por lo menos un año de funcionamiento, puedo decir que me sorprendió y todavía no me decepcionó. Creo que en lo que a transporte público se refiere, eso es mucho decir. Por lo pronto, el commuting diario hacia y desde el trabajo ha dejado de ser un issue conflictivo en mi vida cotidiana (siempre con algún altibajo, claro, como que una señora se te haga la viva colándose en la fila y tengas que ubicarla). Aún así, well done!

– La estación de Liniers es horrible. Lejos de la Grand Central Terminal o la Gare de Lyon, Liniers sólo tiene de francés el nombre, y compite con Once y Constitución para ver cual es más fea. Pero bueno, cuando la comodidad te obliga a pasearte por esta zona de baldosas flojas, pantalones Abibas y chipá calientito, empezás a descubrir el pequeño submundo que esconde el día de esta estación (no pienso averiguar la noche, claro está). Para empezar, diferenciás que el lado de Rivadavia es más feo y crowded , o por lo menos que el lado de Juan B. Justo es menos feo. Después descubrís que para salir de la estación tenés que elegir entre el puente cuyo acceso desde el andén es muy estrecho y forma el famoso “efecto embudo” con la gente, o ir por el túnel para después tener que sortear dos panfleteros estáticamente parados, filas de colectivos y el humo de los chorizos que ya se están asando a las 9 AM. Claramente una decisión que no puede ser tomada a la ligera y requiere evaluación de cantidad de variables. Decidido esto, y pasada la etapa de acostumbramiento inicial, el submundo te empieza a sorprender con algunos detalles de color, probablemente inexistentes en la Gare de Lyon. Al “tipo de las plumas en la cabeza” que grita [todavía-no-sabés-qué] en la vereda de enfrente lo empezás a mirar con una sonrisa. Al igual que sonreís cada vez que divisás la cartulina verde que cuelga del puesto de choripán pidiendo una “empleada todo terreno, con ojos de tigre y alma de león”. Y listo, con Regina en los oídos cerrás los ojos e imaginás que estás en NYC. Well done!

– Viernes. Salí más tarde del trabajo. El Metrobus tardó más que de costumbre. A su vez, en otra parte de la ciudad, hermano decide irse de la facultad, tomar el subte, y subir a un tren en Once. Yo llego a Liniers. Mucha gente en el andén (parece que hace rato no pasa uno). Empiezo a caminar y, aleatoriamente, me paro en un punto X del andén. Diviso un tren de lejos. Llega el tren al andén, se abre la puerta, y me encuentro a hermano parado junto a la puerta. Planear algo así: imposible. Las probabilidades estadísticas de que suceda a las 5 PM de un viernes: pocas (¿exagero si digo 1 en 1.000.000?) Fuerzas aleatorias, well done!

Como en todo en esta vida, el problema es de óptica. La clave está en evitar la miopía cotidiana, en aprender a mirar las mismas cosas de siempre de un modo diferente.

Es que quizás no haga falta cambiar todo en nuestra vida, sino más bien replantearnos la forma en que la vemos. Porque quizás ya tenemos eso que queremos, pero simplemente lo estamos mirando desde el ángulo errado (o con los anteojos equivocados).