Crecer y aprender… Not!

Parece que para ciertas cosas los años no son más que sólo números que adornan las tortas que se suceden cada 12 meses.

Crecí, quiero creer que algo crecí. Y maduré, quiero creer que también. Sin embargo hay cosas que me sorprende hacer (o no saber hacer) teniendo en cuenta la edad que tengo.

No sé lavarme los dientes como una señorita. No, yo tengo que ensuciarme la boca cual perro rabioso como parte del ritual (y si es posible ensuciar el pijama, claro)

No sé jugar a la mayoría de los juegos de cartas (lo supe, y cada tanto me los vuelven a enseñar, pero los olvido fácilmente)

No sé ser indiferente ni hacerme la difícil.

No sé fumar (bien)

No sé llevar tacos sin pretender caminar igual de rápido que con zapatillas.

No sé discutir sin ponerme roja (o sensible).

No sé putear ‘como se debe’ (el problema en realidad es que tengo un repertorio reducido y poco innovador)

No sé querer sin ser boluda.

La lista sigue, in eternum, pero todo esto en realidad venía por otro lado. Es que hoy tuve una situación mezcla de rara, estúpida y triste.

To sum up vamos a decir que, a pesar de mis veintitantos años me sorprendió el hecho de que mi hermano (menor) todavía tenga la capacidad de hacerme llorar. Sí, llorar as in lágrimas que no pude contener y empezaron a caer mientras mi voz se anudaba. Sí, llorar por razones que él no captó y sigue sin captar. Llorar porque soy una gila, una sensible de mierda. Llorar porque a veces me da miedo que crecer nos aleje en vez de acercarnos.

Bueno, eso. Ahora me voy a lavar la mancha de dentífrico del buzo. Chau.