Teoría con café, medialunas y aceitunas

Tiempo atrás nos habíamos inventado esa teoría que buscaba la compatibilidad en las diferencias. Ésa era nuestra explicación, y eso, para nosotros, era amor. Media docena de medialunas: las negritas, tostadas, crocantes para mi; las blanquitas y blandengues para él. La costra del pan para mi, la miga para él.

Lo cierto es que siempre hay teorías. Siempre se está a la espera de poder explicar o encontrar una especie de conexión entre características que (quizás) no son más que meras casualidades, o hechos sin ninguna significación real-trascendental-vital aparente.

Últimamente, me doy cuenta que el café se volvió una de esas cosas sobre las que teorizo (o deliro). Creo verme unida por un vínculo sagrado con aquellos que experimentan al café como yo. Y si no hay azúcar de por medio, ése vínculo parece volverse incluso aún más inquebrantable.

Pero la verdad es que no importa. No importa si el vínculo existe o no, si la teoría del pan y las medialunas se da así o no. No importa porque siempre es más divertido exagerar y sentirnos vinculados trascendentalmente a alguien por sus gustos literarios o musicales, porque le guste dormir sin medias ni pantalones, porque no le ponga azúcar al café, o porque no le gusten las aceitunas.

No importa, porque cualquier excusa es válida para sentirnos enlazados y cercanos a alguien. Sea del modo que sea, sea por la razón que sea.