Despertar

A veces me cuesta dormir. Me cuesta cuando no me hallo, cuando no es mi cama, cuando tengo calor en los pies. Por suerte, estas veces son las menos. En general puedo caer palmada y no despegar un ojo ni con un huracán.

Despertar, en cambio, siempre me cuesta. No es tanto una incapacidad física (porque si la alarma suena, yo abro los ojos), sino más bien una increíble falta de voluntad para hacerlo, unas ganas enormes de quedarme sumergida entre las sábanas, nadando en (y con) la irrealidad de los sueños.

Me levanto renegando y es la vida, siempre tan ilógica, la que felizmente me recuerda que no son sólo los sueños los que están cargados de irracionalidad. Salir así de casa, pensando en que cualquier cosa puede pasar, no será como quedarse en casa tapado hasta la cabeza en un día de lluvia, pero si le sumamos café y buena música hace que despertarse cueste menos…