Dame drama, que me gusta

La tristeza no vende. Lo feo e incómodo tampoco están bien vistos. El miedo y la infelicidad, más que mover hacia adelante, parecieran interferir en el camino de la supuesta perfección glamorosa que las publicidades se empeñan en vendernos.

Mientras tanto yo recuerdo su felicidad extrema. Esa constante actitud positiva conjugada con una fuerza de voluntad de hierro que siempre admiré. Pero lo que no puedo encontrar en los recovecos de mi memoria son las peleas, algún desacuerdo mayor al de decidir una película. Y no, no es que la memoria me esté jugando una mala pasada, es que no las hubo. Obviamos el drama, para ir directo al final feliz. Hasta que llegó un momento en que las perdices se hicieron insostenibles y hubo que dejarlas correr (o volar).

Tiempo después, ya recuperada de esa resaca, descubro que, queriéndolo o no, nos habíamos dejado embaucar por el plan evasivo de aquello que molesta y pincha nervios no deseados.

Con ojos menos cegados hoy lo vuelvo a ver en su estatismo positivo, con sus ‘vamos a estar bien’ repetidos hasta el hartazgo, y me río. Me río como quien aprendió a vislumbrar en esa frase un deseo (en verdad irrealizable) de siempre estar bien, una evasión de ver y sentir lo que en realidad sucede o está por suceder. Me río como quien sabe que el miedo, el dolor y lo incómodo no sólo son parte irremediable de la vida, sino hasta una parte deseable. Un yang al ying.

Y así lo prefiero. Lo bueno y lo malo sentido verdaderamente, sin evadir ni evitar. Sangrar y sanar.

Dame drama, que me gusta. Y después, si hay tiempo, dame un final feliz (o un principio)