Sucesión sucesiva de sucesos

En la últimas semanas escuché y usé mucho la palabra ‘miedo’. Miedo de una amiga a irse a vivir sola. Miedo a la soledad. Miedo mío a irme de viaje sola. Miedo de mis abuelos a la vejez. Miedo de llevar un año bailando sola un tango que era para dos. A perder. A tener. A soltar.

Miedo, miedo, miedo.

Ya alguna vez hablé de esto. De la doble capacidad intrínseca que veo en el miedo para ser un obstáculo y al mismo tiempo una oportunidad. De ese potencial para convertirse en movimiento y sinergia.

Si bien muchos temores nacen de una experiencia pasada, de alguna manera u otra siempre tienen un componente desconocido o alejado (aún) de la realidad. Tememos a los efectos de algo que todavía no sucedió, previendo alguna suerte de resultado desagradable y molesto. Nos adelantamos a esa realidad que aún no hemos vivido, y nos da miedo hacerle frente, poner la cara (as in: to face something) y bancarnos lo que venga.

A veces estas cosas nos inmovilizan. El miedo nos encierra en nuestro cuarto un domingo y nos saca las ganas de querer salir de la cama (¡ni aunque venga Eddie Vedder de rodillas con ukelele en mano a pedírtelo!) Pero no es siempre así. Otras veces decimos ‘what tha hell!’ y nos vamos a vivir solos, nos vamos de viaje, nos cagamos en la soledad y la vejez, y salimos a tomar un helado de dulce de leche en una tarde soleada de primavera.

Es que si vivimos atrapados en este mundo sin presente, de días que se gastan y se convierten en pasado, de futuro que es presente y pasado en un abrir y cerrar de ojos, ¿qué sentido tiene temer a lo que vendrá? Después de todo, pareciera ser que el futuro no existe. Ni el presente. Sólo esta constante sucesión sucesiva de sucesos.

Temamos. Vivamos los domingos de mierda, los lunes a la mañana, los viernes a la noche como podamos, sin ahorrarnos las alegrías o dolores que vengan attacheados.

Nada peor que el ‘what if’ surgido de una inacción por miedo. Prefiero el ‘I’ll never do that (or him) again’ de la experiencia que se mofó del temor y le dijo ‘¡en tu cara, baboso!’.

Prefiero el error, el llanto que produce el dolor de la decisión, a la elucubración caprichosa y cómoda que se cruza de brazos y no se mueve de su lugar.