El tiempo no viaja

‘El tiempo es relativo’, le dije tan categórica como puedo ser a veces.

Y claro, prácticamente me cagó a pedos.

‘Bueno. Quizás no sea tan así. Las horas, los días, los minutos son objetivos como formas de medir el tiempo. Pero es la percepción que tenemos de su paso la que me parece subjetiva’, le repliqué.

‘Si todavía tengo la piel de gallina por el susurro de ese beso en la oreja, ¿cómo el tiempo no va a ser subjetivo? Si tengo las mismas lágrimas predispuestas que a los 15, si tengo las mismas cosquillas en las piernas que a los 3 y el mismo lunar en el mentón que a los 45’, agregué.

‘Está bien, ahora entiendo lo que querés decir’, me contestó con su usual capacidad para comprenderme.

‘Yo corro, y el tiempo me persigue. Y creo que, después de todo, el tiempo soy yo. Moviéndome, caminando, escapándome como arena entre los dedos. También soy yo permaneciendo y queriendo grabar huellas en una playa cubierta de mar. Se me nublan los ojos por el dolor de caerme desde lo más alto del pasamanos. Los abro con las lágrimas de un corazón roto. Y me pregunto si no será el mismo dolor que viajó en el tiempo y el espacio’, le digo haciéndome la poética.

Riéndose de mis clásicos palabreríos me agarra una mano y me dice: ‘No, el tiempo no viaja. El tiempo es un instante y todos los infinitos instantes enlazados a la vez’.