Realidad y ficción (Parte I)

A veces dudo de la distinción entre realidad y ficción. A veces, separar y delimitar la una de la otra resulta una tarea ardua. Casi imposible, diría.

Hace un mes y medio escribí algo que creí mero fruto de mi imaginación u onirismo. Me inventé un cuento del cual me creí única autora, y me contenté por haber sido capaz de esbozar ese pequeño mundo. A modo de adelanto diré que de repente vino la realidad a darme vuelta la cara de un cachetazo. Pero bueno, la explicación de eso vendrá en la Parte II.

Primero, para que la continuación tenga sentido, he aquí el breve relato que tímidamente me animo a adjudicar:

. De y para .

Quiero escribirlo para contarlo, pero temo que al hacerlo los pocos recuerdos que me quedan se esfumen. Fue hace bastante, pero a veces creo que fue ayer. Ya había visto a muchos como él. Arrugado como si lo hubieran dejado en remojo por horas. Con el pelo color tiza y los ojos en otra galaxia.

Ya llevaba años metida en ése lugar de paredes blancas donde el tiempo inventaba su propia medida, más lenta y zigzagueante que en otras partes. Creía sabérmelas todas. Pensaba que llegaba un momento en que las familias se volvían todas iguales y tomaban la misma decisión. Estaba segura de que, sacando diferencias médicas y de diagnóstico, todos estaban ahí por la misma puta razón. Eso me enojaba y entristecía, pero hasta ahí llegaba. No había nada que yo pudiera hacer para cambiar las cosas, más que intentar buscarle colores a sus días monocromáticos.

Él llegó por la misma puerta que el resto, un lunes devenido domingo. Era un día patrio. No recuerdo cuál. Y no fue una linda imagen para ver. Nunca lo es. No todos forcejean o gritan, pero ninguno quiere estar ahí. Eso seguro. Él incluso corrió o lo intentó.

Esperaron que llegara la calma y a los pocos días empezaron las preguntas. Que dónde había nacido. Que cómo se llamaba. Que qué día era. Y él, nada. Vestía únicamente su mirada perdida y desafiante bajo sus gruesos lentes.

Al día siguiente otra vez. Que cuál era el nombre de su madre. Que quién había sido el mejor amigo de su infancia. Las preguntas retumbaban sin eco en las paredes de blanco encandilante indicando el peor de los diagnósticos.

Esa fue la primera impresión que tuve de él, no muy diferente a la que me había causado el resto. Otro más por quien no podría hacer nada. Otra vida más que yo intentaría colorear, como quien pinta un vidrio con lápiz, resbalando inútilmente.

Después de aquél día, pasaría un tiempo hasta que lo volviera a ver. Él no salía mucho de su cuarto y yo… Bueno, yo trataba de estar en todos lados a la vez, pero no lograba estar en ninguno. Así que, un día cualquiera, fui a su habitación por alguna razón circunstancial que he olvidado. Lo que sí recuerdo es que llevaba un libro en mis manos, uno de esos que juntaban años y arañas en la biblioteca del comedor. Toqué la puerta con la punta del pie y entré. Dejé unas cosas en el escritorio sin que él sacara por un segundo la vista de la lámpara que pobremente iluminaba el cuarto, y me di vuelta para salir. De repente, antes de llegar a alcanzar la puerta, sentí la fuerza de sus ojos clavarse en mis manos haciendo que casi involuntariamente dejara caer lo que venía cargando.

– Un libro – fueron las primeras palabras que le oí decir. Cuando ofrecí leerle, aceptó. Empecé y las palabras comenzaron a fluir. Pero no eran sólo las que salían del texto. Cada oración que leía era una nueva piedra en el lago que extendía más y más el alcance del movimiento del agua. Cada párrafo le iba devolviendo de a poco sus ojos a este mundo, hasta que dejé de escuchar mi voz para sólo escuchar la suya. Su familia, sus amigos, su historia. O eso parecía.

– ¿Puedo ver el libro? – me preguntó extendiendo su mano de pasa de uva. Revisó las primeras hojas buscando una dedicatoria que encontró y devoró lentamente. Y hubo algo en su forma instintiva de pasar las hojas, entre desesperado e impaciente, que me hizo pensar que ésa era sólo otra de las tantas veces en que se había inmiscuido en palabras ajenas destinadas en realidad a un desconocido.

– Eso se ve mucho en casos como el de él- fue lo que uno a uno me fueron repitiendo casi todo el resto de los especialistas del lugar cuando comenté el episodio al día siguiente. Lo que era usual, en realidad, era esa actitud desligada con que andábamos todos por ahí. Esa forma de estar física y cotidianamente presentes, pero en verdad lejos y desconectados.

Su actitud de desenfreno ante unas palabras borroneadas por los años en el interior de un libro estaba muy lejos de ser algo encontrado frecuentemente.

Fui apareciendo en su cuarto semana a semana con un libro diferente. Y de a poco; él fue soltando cada vez más palabras y recuerdos. Más que por las historias narradas, su obsesión parecía pasar por encontrar en las primeras páginas un ‘de’ junto a un ‘para’. Después de leer cada una de las palabras deslizaba sus dedos por sobre los trazos y cerraba los ojos. Esa era la señal que yo esperaba. Cuando volvía a abrirlos, comenzaban a rebalsar las personas, los escenarios y el tiempo.

Parecía el más bello y extraño de los rituales. Una perdición inexplicable por la ficción que yo asociaba a un pasado lúcido de escritor o profesor.

Nantes, Roma y Venecia se entremezclaban en sus relatos de tiempos anárquicos porteños, junto a personas que cambiaban sus nombres y personalidades reiteradamente. En esencia sus recuerdos carecían de unidad. No seguían una lógica sensata. Pero ¿quién era yo para decir cómo debía contarse la propia historia? Asumía, un poco absorbida por la costumbre, que aunque no lo pareciera una parte de él se encontraba en otra parte, y esa era suficiente explicación para mí.

Habiéndonos devorado toda la biblioteca del comedor, empecé a llevar libros de mi casa. Repetíamos el ritual a diario, y cuando él abría los ojos, bullían las palabras.

No puedo asegurar en qué momento fue, pero, pasado un tiempo, empecé a percibir cambios. Mi memoria parecía diluirse de a ratos. Mis recuerdos ciertos y precisos, dudaban de su propia existencia. Yo era aún muy joven para que hubiese llegado de visita ese alemán que se había llevado a mamá, ése que era amigo de varios en ese mundo de pulcras paredes blancas.

Cansancio. Sí, seguro era eso. Decidí entonces tomarme vacaciones, y me aseguré de dejar una pila de libros en su escritorio. Pero volví todavía más desconcertada y perdida, como si una parte de mi ya no me perteneciera.

Apenas regresé, fui a retomar el curso del rito que nos habíamos inventado. Pero todo rastro de él se había desvanecido del cuarto. Mis libros ya no estaban sobre el escritorio, probablemente debían haber partido con él.

Una desesperación punzante se apoderó de mi. Tuve la necesidad de acercarme a la biblioteca y sentir en mis dedos la textura de la tinta sobre el papel. Necesité encontrar palabras ajenas escritas en las primeras hojas de un libro para sentir que algo de mi me volvía al cuerpo, así fueran recuerdos de un pasado que no me pertenecía.

Y allí lo comprendí. Él realmente no era como ninguno de los otros de ése mundo. No esperaba la visita de ningún alemán ni la triste monotonía de la senilidad. No estaba enfermo ni viejo. Él sólo robaba palabras ajenas. Robaba recuerdos porque alguien se había llevado los suyos.-