Realidad y ficción (Parte II)

A veces dudo de la distinción entre realidad y ficción. A veces, separar y delimitar la una de la otra resulta una tarea ardua. Casi imposible, diría.

El sábado a la mañana me desperté para enterarme que había fallecido el hermano de mi abuelo. Hacía un mes o dos que ya no estaba en su casa, y había pasado este último tiempo primero en una clínica, después en un “hogar” y nuevamente en una clínica.

Se fue con la misma delicadeza que vivió. Silencioso, sutil, casi transparente. Mi abuelo, menor que él, derramó lágrimas que yo jamás había visto salir de sus ojos. Cerró así 70 y pico de años que había pasado cuidándolo y siendo (o sintiéndose) responsable de él.

Mi bisabuela había crecido en la Patagonia, en Gaiman o alguna de esas poblaciones típicas de la ocupación galesa de las tierras del sur. De una familia numerosa de mujeres con carácter terminó, no sé bien cómo, en el sudoeste de la provincia de Buenos Aires con el bisabuelo A., descendiente de italianos del Friuli. Llegó R. y, primer hijo como fue, sufrió la sobreprotección materna al extremo. Nunca sabremos si por alguna condición intelectual congénita, o por mera carga psicológica, R. siempre fue diferente. Lo fuera o no realmente, fue criado y creció bajo esta condición. Todos a su alrededor, incluido su hermano menor (mi abuelo) vivieron también bajo esta premisa. A mi abuelo le inculcaron la idea de que R. era su responsabilidad, y así lo vivió hasta el viernes a la noche.

R. nunca se casó ni tuvo hijos. Vivió en Coronel Suárez hasta que murió el bisabuelo A., para después mudarse a Castelar junto a su madre. La muerte de mi bisabuela, hecho que recuerdo vagamente, fue una especie de liberación para él. Empezó a hacerse amigos en el barrio, a pedir comida afuera y a visitar la librería con asiduidad.

Solitario y con una pasión por la lectura será la eterna imagen que guardaré de él. De Boca, como para contrariar a mi abuelo, siempre tenía algún comentario sobre ‘algo que había leído en algún lugar’.

El sábado a la mañana me desperté para enterarme que había fallecido. Hacía un mes o dos que ya no estaba en su casa. Se había deshidratado porque no comía lo suficiente. No parecía un olvido fruto de los años, más bien una preferencia por hacer otra cosa con su tiempo y su dinero.

La internación y tratamientos fueron inútiles. Su propio cuerpo lo obligaba a decir adiós, y ningún médico pudo luchar contra eso.

El sábado a la tarde fui con mi abuelo a la casa de su hermano. Encontré pilas de libros en una habitación, y más pilas en lo que se suponía era un armario para guardar ropa. Libros de todo tipo, grandes colecciones que iban desde el Antiguo Egipto hasta la Segunda Guerra Mundial, su perdición. Algunos de ellos todavía tenían su envoltorio y precio.

Se notaba que algo había en esos libros para él. Parecía que, incluso sin haber leído muchos de ellos, su presencia junto al resto era necesaria e imprescindible en ese cuarto. Tres colecciones diferentes de historia argentina, dos colecciones de historia del cine parecían cumplir alguna función desconocida y mística.

Así como había venido, el viento se llevó toda una vida de algo que disfrazaron de debilidad intelectual, pero que no fue más que una completa incomprensión de su esencia y capacidad. Toda una vida en la que ni él mismo tuvo el coraje suficiente para renegar una realidad que le habían impuesto.

Viendo esos libros fue que lo comprendí. Él realmente no era como ninguno de los otros de ése mundo. No esperaba la visita de ningún alemán ni la triste monotonía de la senilidad. No estaba enfermo ni viejo. Él sólo robaba palabras ajenas. Robaba recuerdos porque alguien se había llevado los suyos [incluso antes de poder tenerlos].-