De mitos y grullas

Cuenta Heródoto que las guerras en tiempos de la antigua Grecia eran monstruosas. Duraban años y años, llevándose hombres y mujeres, sueños y deseos inconclusos.

Cuenta Heródoto, o quizás fue Homero, que cansado de observar cómo los hombres se destruían entre sí, el gran Zeus lanzó un rayo fulminante que cambió la vida en el mundo para siempre.

El poder del dios olímpico rompió el alma de cada uno de los habitantes terrenales en 1000 pedazos, y las fuerzas de Céfiro (dios del viento del oeste) hicieron que éstas se dispersaran por toda la faz de la tierra.

Desde entonces, mujeres y hombres vagan buscando esos 999 pedazos faltantes. Pero por mucho que busquen y encuentren, el armado del rompecabezas parece nunca completarse.

Sin importar cuántas piezas tengan, esos huecos los inquietan tanto que muchas veces son incapaces de ver aquellas partes que sí están completas.

Cansados de esta frustración, en Japón encontraron la forma de vencer el poder de Zeus. Se pusieron a fabricar miles de grullas (1000 grullas cada uno, para ser exactos), e invistieron a su ritual origámico con la fuerza de la felicidad y la paz.

Del otro lado del mundo, concentrados en los huecos, muchos seguimos buscando tratando de encontrar piezas sueltas. Intentando dar con algo o alguien que se amolde y complemente. Buscamos guiados por esa reminiscencia ancestral que nos quedó marcada desde tiempos olímpicos y que, simplemente por instinto, sabe cuando tiene enfrente a una pequeña parte del rompecabezas.

Amante de los rituales, con el tiempo me inventé uno propio. Cada vez que me encuentro ante una de esas piezas que encastran perfectamente, hago una grulla y la regalo a la persona en cuestión.