La leve insoportabilidad del ser

Así como la genética se rió en mi cara cuando me hizo heredar la miopía de padre, me premió con el mismo talle de zapatos que madre (tiene muchos zapatos!) y un oído perspicaz, atento y agudo que espero no arruinar a base de altos volúmenes en auriculares.

Dicho esto, me cuesta entender por qué me es tan difícil encontrar el equilibrio, cuando aparentemente toda la clave del no caerse al caminar se encuentra allí en el oído.

Tanto quisiera encontrar el equilibrio entre lo que mi mente piensa y lo que dice mi instinto. Tanto quisiera poder equilibrar mis emociones, las lágrimas con las risas, los saltos con la quietud. Quisiera, pero no puedo. Y tengo entonces que convivir con la leve insoportabilidad de un ser que quiere todo y nada, que busca, encuentra y no siempre se la juega, que duda cuando debería creérsela, que sueña pero escapa, que se queda cómodo en el silencio aún cuando le teme tanto a la soledad y al ‘dejar ir’.

Pienso que quizás no sólo sea cuestión de un buen oído. Puede que también haga falta la presencia de un elemento que sirva las veces de eje.

Se me ocurre entonces, que tal vez no siempre pueda llegarse a tal estabilidad de fuerzas. Quizás estemos destinados a vivir sin un equilibrio. A marearnos, caernos y llenarnos de moretones. A sentir todo desmedidamente. A gritar con euforia. A encerrarnos en el auto y cantar hasta que no nos alcance más la voz. A reír hasta llorar y llorar hasta reír. A buscar en otro un eje, ese pilar que nos falta para no caer .

Puede que ahí esté todo el meollo de esta cuestión… ¿Ya dije que tengo una mesa cuadrada a la que le falta una pata?

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