Chasquibúm

Todos los fines de año saben a lo mismo. A burbujas de ‘vino espumante’ (porque ya no se dice Champagne ni Roquefort). A frutas abrillantadas que atentan contra el delicado sabor del agua de azahar en el pan dulce. A chocolate que, derretido por el calor de este hemisferio, deja desnudas las almendras y manchados los manteles.

Los fines de año suelen tener el mismo gusto a resoluciones y promesas. A balances y finales. A vitel toné con alcaparras.

Pero desde hace un tiempo que tus fines de año no saben a los de tu niñez. Hace tiempo dejaste atrás los chasquibúm y con ellos la magia de esperar al gordo nórdico inventado. Es que lo más duro de eso que quiere hacerse llamar adultez es la pérdida de la inocencia que mantiene los oídos sordos a las discusiones de tu tía con tu abuela, o los ojos ciegos ante las reiteradas ausencias en los cumpleaños.

Pero tarde o temprano llega un momento en el que, ni aún aferrándote al remanente de cascarón sobre tu espalda, podrás evitar oír y ver. Ya no podrás eludir sentir dolor por decisiones y discusiones ajenas, y te tocará ingeniártelas, como si de un tetris se tratara, para cargar [además] con ese peso sobre tus pequeños hombros.

Decidida a no hacer sufrir a tu estrujable e inevitablemente sensible corazón querrás aprender de los errores de los demás. Entonces harás un pacto con tu único hermano, y prometerán estar juntos en las buenas, las malas y las peores. Luego harás un pacto con vos misma, y prometerás que cuando llegue el día en que tengas tu propia familia sabrás hacer vitel toné como el de tu madre y comprarás pan dulce sin frutas abrillantadas. Prometerás, por sobre todo, que nunca le faltarán chasquibúm a tus hijos y que siempre habrá una caja extra para vos.