Eugenia Unger

Hace un tiempo me animé a ponerme a disposición de las consignas, tiempos y correcciones que suponen los talleres de narrativa. Fue un lindo experimento que a pesar de la frustración inicial y mis peleas con las páginas en blanco tuvo frutos que fueron más allá de la escritura.

Avasallando un poco mi instinto autocrítico hoy me animo a publicar acá algo que sobrevivió a varias lecturas de mi ojo inquisidor.

. Eugenia Unger .

– Eugenia Unger. Como hambre en inglés, pero sin ‘H’ – se había acostumbrado a decir, quién sabe cuándo o quién sabe dónde. Me intrigaba, y mucho ¡claro que sí! Pero había elegido no preguntárselo. En parte por mantener algo de intriga entre nosotros, pero también porque veía en ese accidente de palabras la raíz de tantas desgracias en la vida de Eugenia que era mejor dejar sin desenterrar.

Aún así, cada vez que lo decía se generaba en mí casi la misma cadena de pensamientos. La idea de que las letras en realidad eran lo de menos, porque incluso sin la ‘H’ del horror y el hacinamiento, hubiese seguido sonando ‘(h)ambre’. El problema es que, aunque en español la ‘H’ pueda aparecer enmudecida, el hambre no. Chilla, retuerce las entrañas. Y ella sabía de eso.

Sabía de eso y de tantas otras cosas que hubiese preferido no conocer, o al menos no recordar. Me había contado del frío que lastima la piel y el esqueleto hasta hacerlo crujir como un metal corrompido por el tiempo. De las montañas de zapatos que llegaban a tocar el techo de los tinglados. De aquellos olores que aún hoy la hacen sangrar por dentro.

Por eso siempre me había intrigado, y aún enamorado, esa fuerza de su cuerpo y de su espíritu, la constante testarudez por ser escuchada. Porque desde el instante en que volvió a la vida no había hecho más que gritar y correr por el mundo mostrando esos números tatuados en su antebrazo clamando por algo que se pareciera a la justicia o a la memoria.

No era su primera vez, ni sería la última. Era una tarde como muchas, como todas y como ninguna. Era una tarde, o una mañana, ya no recuerdo. Es que desde que Eugenia había puesto pie firme en esta tierra allá por 1949, todo en su vida y en la mía había acontecido en círculo. Era difícil distinguir momentos, días, noches, meses. Todo era una tesis, antítesis y síntesis de recuerdos que intentaba borrar y mantener vivos a la vez. Días que se repetían, horas ya conocidas, reviviendo una y otra vez aquellos detalles de su historia, y de la de seis millones más.

Eugenia era un torbellino. Llevaba la furia de la tormenta con ella. Y no era casualidad que cada entrevista en la que recurría a la historia de su vida la encontrara con los pies mojados y el pelo húmedo.

Allí donde iba llevaba su paraguas amarillo, como una forma de adelantarse a la naturaleza de los cumulonimbus. Atravesaba las puertas del museo, paraguas en mano, y el periodista siempre se encontraba ahí, con la mirada impaciente, porque ella tenía esa desagradable costumbre de hacerse esperar. No casualmente, las paredes de ese edificio de la calle Montevideo siempre me recordaron a las fachadas de la vieja Varsovia que ella me había mostrado en fotos ajenas. Ya ni el más remoto recuerdo de su tierra era propio, ella jamás volvería a pisarla después del fin de la guerra. Y eso tampoco era casualidad.

El sol de alguna mañana [tarde] de mayo, diciembre o agosto sabía de antemano aquello que el Servicio Meteorológico era incapaz de pronosticar. Eugenia comenzaba a contar su historia por primera vez, una vez más. El número 48914 en su muñeca. Sus ojos azules, fijos en la ventana, se iban volviendo más grises a cada segundo que pasaba. Una gota de sal caía sobre el 9 (o a veces sobre el 8), pero no lo borraba. ¡Y eso que yo lo había intentado tantas veces! Pero la cifra era indeleble, siempre lo había sido. Afuera, como adentro, el torbellino. La furia de la sudestada, el agua que subía por las napas, las nubes que derramaban cataratas.

Después de un rato de tormenta, el relato de Eugenia llegaba a Buenos Aires, los vientos y su voz se acallaban, el agua cesaba y ella sonreía, secándose las lágrimas que aún dejaban rastros en su cara.

Así fue siempre, hasta que un día todo fue distinto. Esa vez el agua no dejó de caer, el viento no cesó, y el rostro de Eugenia se fue transformando en una combinación de ángulos totalmente desconocidos para mí. Divisé la ‘H’ del horror en sus ojos incoloros, y detrás de ellos vi llegar el fin de tanta circularidad.

Yo sabía mucho sobre ella, casi todo, me animaría a decir. Conocía su aversión a la lluvia y el temblor de sus manos ante cada tormenta. Conocía su manía por el jabón líquido, y las indigestiones generadas sólo por oler un típico asado argentino. Pero nunca había dejado de ver el azul oceánico que rodeaba sus iris. Nunca la había visto tan ensimismada, perdida en un momento que no era ése, ante una Eugenia que no era ella.

La tormenta, de adentro y de afuera, parecía haber entrado en el círculo que había sido nuestra vida hasta ese momento. Se prolongó por días, horas, minutos, meses. Mientras, ella desesperaba. Gritaba, mencionaba nombres en un idioma que yo no entendía. Lloraba, llovía, aullaba, enloquecía. El periodista pidiendo permiso para retirarse, y yo inmóvil, expectante. Porque si algo había aprendido en esos años junto a Eugenia era que ella tomaría mi mano cuando la necesitara.

Pero esta vez no la necesitó. Y entonces la dejé sumergirse en su mar de gritos, llanto y recuerdos hambrientos y horribles de hacinamiento. La dejé inundar todo cuanto pisaba. La dejé abrir la puerta del museo de la calle Montevideo y alejarse hasta volverse indistinguible entre las ráfagas de agua y viento. Dejé que las gotas se la llevaran y acepté que su círculo había sido cortado por una tijera que no era mía.

Ése día se cumplían 75 años de aquél momento en que ella se había mofado del destino elegido por un innombrable Adolfo H. 75 años del instante en que decidió correr para ser la única de toda una fila humana en escapar a la lluvia de esas duchas de exterminio. 75 años corriendo, alejándose de la lluvia con su paraguas amarillo en la mano. Hasta que un día dejó de correr y la tormenta de su interior se dejó alcanzar por la perfecta combinación de dos átomos de hidrógeno y uno de oxígeno en estado líquido.