Traición

Quisiste esconder los trazos y huellas que había dejado tu paso. Quisiste olvidar que las mañanas podían ser melodiosas y no hiciste más que mirar a lo que vendría.

Sin casi quererlo, enjaulaste al ruiseñor y lo obligaste a que no cantara al alba. Sin casi quererlo, dejaste abandonada esa otra parte que aún hoy te pertenece.

Quisiste poder andar sin ella, creyendo que vivir de la seguridad del futuro te sería suficiente. Hasta que un día miraste al espejo y viste tu propia figura dibujada en lo más oscuro de esas pupilas.

Fue ahí cuando distinguiste en esa mirada el trazo imborrable que deja la traición. Esa marca indeleble que ni las lágrimas cargadas de bronca y rencor pueden borrar cuando lo hecho, hecho está.

Tanto te habías cuidado para que los brazos ajenos no lograran lastimarte, que habías olvidado prestar atención a lo que había al otro lado del espejo. Tanto habías querido evitar el dolor, que terminaste convirténdote en tu propio traidor.