El paraguas no hace a la felicidad

A veces los días empiezan para la mierda, porque sí. Calor horripilante, jefa llegando tarde, presentación que tuviste la brillante idea de hacer en prezi, dolor de cabeza, ya dije calor? Bueno, cosas.

Son las 19 hs. y recién te estás yendo de la oficina. Justo ese día optaste por no ir en auto (por bla bla razones) y desestimaste el email de Umbrella Today, dejando tu paraguas amarillo en el puff verde (ése que sirve para acumular cosas, aka: cartera, ropa, lo-que-venga).

El techo de chapa suena a bombardeo, y afuera llueve como si fuera la última vez. Entonces tu jefa ofrece acercarte hasta algún lugar de tu conveniencia. Y aceptás, claro que aceptás. Todo sea por evitar esas dos (o más) cuadras que te separan de cualquier otro posible transporte que te saque de Barracas.

Te bajás del auto, y justo cuando encontrás reparo bajo una estación de servicio te percatás que habías gastado 15 de tus últimos 17 pesos en el almuerzo. Y claro, la combi que pretendés tomar para llegar a casa cuesta más que lo que ese solitario Bartolomé Mitre puede aportar.

Ahí es cuando decidís abandonarte a la tormenta. Decidís cruzar corriendo la avenida más ancha del mundo (?) hasta un cajero automático que estaba una cuadra más allá. Dejás de saltar los charcos porque tus pies ya no entienden la diferencia. Con plata en el bolsillo, el celular en cortocircuito y chorreando lluvia de la cabeza a los pies corrés a esperar la vuelta a casa riéndote de vos misma, con una sonrisa que extraña y le frunce el ceño a los que se esconden inmóviles bajo sus paraguas.

Si los días, como los cuentos infantiles, vinieran con moraleja la de hoy sin duda sería: el paraguas no hace a la felicidad.