Viejos sábados

El ruido del microondas calentando comida, una alarma que suena en algún piso. Las 5 líneas de colectivo que pasan 4 pisos más abajo, y ahora el tiqui-tiqui de tus dedos en el teclado que tanto extrañabas.

El ruido del silencio. Y ese momento a solas que tanto sabés disfrutar. Las cortinas rojas reflejadas en el espejo, el mismo cuadro de Andy Warhol del viejo cuarto ahora a tus espaldas, y ese sentarte a escribir como en los viejos sábados.

Cambió el barrio, cambiaron los ruidos y la cortinas, pero el tiqui-tiqui sigue ahí. Expectante. A veces tímido.

Los viejos sábados también permanecen en esencia, sólo que ahora el momento a solas se termina cuando él vuelve de actuar. Y por muy esteparia que te hayas jactado de ser, nunca estuviste tan feliz de que alguien irrumpiera en tu soledad.