Perú – Capítulo II: andando en ruinas circulares (o la visita a Moray)

Cuando la gente me pregunta sobre mi viaje a Perú no logro armar frases completas que no incluyan las palabras paz y felicidad.

Parte de esta sensación de alegría incontenible es resultado de pasar días rodeada por el azul profundo del cielo y ese verde que tiñe cada rincón de las montañas andinas. Pero otra parte, creo que la más importante, fue generada por el sólo hecho de viajar. El saber que es algo que amo, que se hacer, que me llena y que quiero como parte de mi vida.

Uno de los primeros lugares que me deslumbró con su verde intenso fueron las ruinas circulares de Moray, en el Valle Sagrado de los Incas. Madrugar nos dio el privilegio de ser las primeras en el lugar para poder recorrer a nuestras anchas aquellos andenes de lo que a simple vista parece un anfiteatro (aunque según estudiosos se trataba de un centro de testeo agrícola Inca donde se experimentaba con cultivos en las diferentes alturas que tenían los círculos).

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Pudimos tirarnos en el centro -energético- a escuchar el silencio y jugar con los ecos que retumbaban perfectamente en la circularidad que nos rodeaba. Disfrutamos del reflejo del sol y el contorneo de las sombras, y nos sumamos a la práctica -más turística que espiritual- de dar tributo a la pachamama. Entre tanto misticismo, no pude dejar de recordar al hombre soñador del cuento de Borges que llegaba a unas ruinas circulares en el intento de construir otro hombre a través del sueño.

De Moray, además de fotos, me llevé verde, tranquilidad y ganas de volver.

Mientras tanto, nuestro viaje seguiría…