Mirar más el cielo, y menos los zapatos

Anoche, después de un día de muchos cuestionamientos, de “Pffff” y resoplidos, después de estar preguntándome qué lección me tiene preparada el universo después de toda esta espera, me detuve a ver el cielo.

Vi la luna (o la parte de ella que estaba visible) y recordé todas esas preguntas existenciales que alguna vez me hice y que el hombre como especie se ha hecho desde el comienzo. Esa inmensidad que atrae y apabulla, que nos interpela y nos hace dar cuenta que es una sucesión casi fortuita de hechos la que hace que seamos y estemos acá. Tan fortuita e increíble, que te hace pensar que pocas de las cosas que nos preocupan valen realmente la pena. Importa vivir, importa estar acá sin siquiera reparar en el por qué. Es más, me animo a decir que tampoco hace falta saber el para qué, mientras que prestemos atención al cómo.

¿Y cómo vivir acá? Felizmente no hay instrucciones, recetas o explicaciones para eso. Desde mi humilde opinión, creo que dudar y no saber qué (o por qué) nos hizo existir nos da herramientas para valorar aún más esta experiencia. Nos puede permitir agradecer la aleatoriedad para dar lugar a un cambio de foco que nos haga ver el mundo de otra manera, con menos pretensiones hacia lo banal, concentrándonos en apreciar lo pequeño (hermoso) de lo cotidiano.

Quizás ahí esté el quid de toda esta cuestión. En mirar más seguido hacia arriba y recordar lo importante. En reparar que tal vez sea hora de mirar más el cielo, y menos los zapatos.