Volar

Este año estuve ausente por acá, pero no dejé de escribir. Estuve yendo a un taller en el que recuperé un poco las palabras perdidas, buscando enfocarme un poco más en esas ganas de escribir e ir un poco más hacia la ficción.

Comparto un cuento corto que salió como fruto de mi pasada por el taller “El cuaderno azul”. También pueden verlo publicado acá

A Pedro le gustaba ser como era, o no podía ser de otra manera. Así, tan enredado que se volvía simple y fácil de leer.

Como un cuento escrito con rigurosas frases cortas, él podía ser definido casi por completo en una sola oración sin comas y con punto y aparte.

Hay personas, en cambio, que ocupan párrafos y carillas. Personas cuyo ADN fue diseñado cósmicamente para volar, para salirse de la comodidad y animarse a soltar para ir más allá de lo establecido.

Aunque nunca se consideró un envidioso, en cierta manera Pedro tenía un anhelo no expresado de poseer aunque fuera una pizca de esa capacidad que él ni siquiera estaba en condiciones de imaginar. En un forcejeo constante de tire y afloje casi adolescente, su yo temeroso casi siempre terminaba por convencerlo de que así, con los pies firmes sobre la tierra –y con zapatos para no ensuciarse-, estaba mejor, mucho mejor.

De chico, cuando sus compañeros tenían amigos imaginarios, él sólo podía ver la realidad del espacio vacío. Sólo de vez en cuando, cuando el día ayudaba, lograba ver las partículas de tierra en el aire a contraluz. Cuando comenzaron a inventarse travesuras valerosas, él no podía más que relatar aburridas anécdotas en la casa –pulcra y ordenada- de su abuela. Cuando empezaron a desproporcionar sus andanzas amorosas y de conquista, él sólo podía hablar sobre sus tristes pajas a la hora de la siesta.

Pero a pesar de esa envidia en clausura, su incapacidad de ser de otra manera nunca lo llevó más allá del simple resoplido por lo bajo. Es que claro, era incapaz de siquiera imaginar qué era lo que había o podía haber más allá.

De esta manera, su vida transcurría sin demasiados sobresaltos dentro de los límites de sus propios muros. Para alguien así, lo seguro era sinónimo de tranquilidad, lo conocido de placer, lo establecido de felicidad. No concebía posibilidad de cambio alguno en el pequeño mundo que se había forjado tan quisquillosamente cual führer de una realidad paralela.

De casa al trabajo, del trabajo al gimnasio, del gimnasio a casa. Los sábados iba al supermercado, los domingos a lo de su madre. Cualquier otra actividad requería planificación, justificación y razón de ser. De lo contrario, no valía la pena.

Las sorpresas lo apabullaban y los imprevistos eran un tsunami barriendo su pequeña y perfecta tranquilidad. Por eso cuando su jefe pronunció las palabras “viaje” y “conferencia” Pedro dejó de registrar el resto de las frases que salían de su boca. Una especie de niebla espesa comenzó a cubrir cada centímetro de la oficina, y él inmediatamente empezó a desesperar. Tanta densidad le cortaba la respiración y su tembloroso par de manos empezó a transpirar mientras intentaba imaginar –infructuosamente- cómo sería tener que cambiar su rutina.

¿Fuera del país? ¿Él? Bueno, tal vez si tenía tiempo para planearlo, para avisarle a su madre. Bueno, tal vez no sería tan malo. ¿O sí?

Pese al autoboicot inicial, las posibilidades de escape se le fueron disolviendo una a una. Excusa tras excusa fue llegando a la resignación del que se abandona a los hechos contra los que no puede ni sabe luchar. “No hay mal que por bien no venga” se repetía para sus adentros.

Así, entre idas, vueltas y valijas sin armar, llegó el día del tan poco esperado viaje. Forzado por su tibia voluntad llegó al aeropuerto, despachó su valija y atravesó los controles sin problemas, pero no se dejó tentar ni distraer un segundo por el free shop. Siempre mejor la privación que el temor al error potencial.

Contando los minutos para la salida del vuelo, la saliva se le atoraba en la garganta. La aerolínea llamó a embarcar y él tuvo que esforzarse por afirmar sus piernas. Ya no había vuelta atrás. Llegó a subirse al avión y a sentarse en el asiento del lado del pasillo -por las dudas-.

Le ofrecieron una tolla higiénica húmeda de esas que huelen a algo que recuerda a un bebé, y luego pasó la azafata despidiendo ese humo blanco desinfectante. Ambos le parecieron detalles destacables; lo único que le faltaba era pescarse algo de ese asiento en el que dios sabe qué culo había estado sentado.

En el mismísimo instante en el que el avión empezó a moverse hacia la zona de despegue, ahí -justo ahí- cuando el avión comenzó a carretear, fue que Pedro cayó en la cuenta de que su aversión a volar era también literal. Tan irónica parecía su vida en ese momento, que hasta sonaba poético.

Pero lo suyo no era la poesía. El despegue comenzó a hacer temblar sus estructuras. Palideció y desesperó al punto de pensar que la muerte no era tan mala opción después de todo. Quiso pararse y una azafata le cortó el movimiento en seco con tan sólo mirarlo. El avión estaba elevándose y él se sintió morir por dentro, por fuera, y por todos lados. ¿Cuál será la tasa de accidentes de estas cosas?, pensaba mientras unas gotas heladas de sudor dibujaban líneas rectas en su frente.

Aún vivo, la desesperación no cedía. Bueno tal vez, no moriría, pero ¿qué haría en las 12 horas de vuelo que le quedaban por delante? ¿Viviría 12 horas desesperado y al borde del colapso? Era el colmo de la consternación irónica. A riesgo de caer en una desesperación aún mayor, se dirigió al baño en busca de soledad. No necesitaba más ojos instigadores que los propios.

Frente a sí mismo, observándose la cara roja y transpirada, los ojos desorbitados y las manos temblorosas, sintió que era su peor momento en todo ese tiempo en que había convivido consigo mismo. Se hablaba, se decía cosas con la mirada, y por primera vez deseó no ser él mismo, quiso ser diferente, otro, y envidió al resto sin la voz de su yo temeroso mordiéndole los talones.

Una leve turbulencia lo hizo sentarse de golpe en esa especie de inodoro que descarga hacia el vacío. Con su mirada alineada a la del espejo trató de concentrarse en su respiración en un intento fallido de tranquilizarse y dejar de lado el temblor. Pero tuvo que refregarse la cara dos, tres y cuatro veces para asegurarse que esa mancha verdosa en la frente era indeleble.

Sin más recursos que los que encontró en el metro cuadrado del baño, improvisó una mezcla de crema humectante, colonia de perfume penetrante y jabón para manos en un intento de borrar esa especie de mamarracho infantil que coronaba su cara. Sin éxito, la sustancia se empecinó en entrar a su ojo causándole una tremenda irritación. Volvía la niebla y la intranquilidad.

Con un ojo rojo y una mancha verde sintió un ruido y vio la sombra de algo moverse detrás de él. Fue tal el susto que del salto que pegó  terminó con medio zapato sumergido en el líquido azul que cae por el borde del intento de inodoro. En un milisegundo atinó a agarrarse de lo primero que alcanzó para no caerse, y sintió cómo con la ayuda del agua su pie se hundía y era chupado con la fuerza de una aspiradora hacia el vacío del cielo debajo de él.

Así como pasó el pie, pasó la pierna. Y si pasaron las piernas y la cadera, pasó luego la cabeza. Con una fuerza descomunal en los brazos logró sujetarse del borde de ese compartimento mágico por el que se tiraban los desechos, mientras creía que las piernas se le desprenderían como el zapato que se la acababa de caer.

Al borde del abismo y casi a punto de perder el equilibrio, una fuerza interior desconocida lo impulsó lejos del cielo abierto y hacia adentro del avión golpe de cabeza mediante. Los raspones le ardían por culpa de algún químico de ese líquido azul en el que estaba bañado. Todavía con un pie adentro del inodoro y tirado en el suelo respiró y sintió por primera vez el hediondo sabor de haberle escapado a la muerte.

Sortear la visita de la parca era una hazaña de esas que tanto le hubiesen servido en la escuela. “Si nos hubiese visto el gordo Pérez”, le dijo entre carcajadas al chico que vestía tiradores y lo miraba orgulloso ahí parado al lado del lavatory con un vaso de Vascolet en la mano.

Pedro sacó el pie sin zapato del inodoro y se enderezó. Agarró el vaso lleno de leche mezclada con ese polvo mágico que le ofrecían y los ojos se le nublaron. Esta vez no era la niebla espesa que le cortaba la respiración, eran lágrimas de emoción que se mezclaban con el cacao amargo de su niñez.

Ya no podía parar. Era momento de ganar tanto tiempo perdido, de vivir esas anécdotas victoriosas de robos de mandarinas a través del alambrado, de copiarse magistralmente en el examen de historia, de agarrarle la mano a la chica más linda del curso enfrente de la mirada de todos.

El diminuto baño en las alturas no daba abasto, se estaba llenando poco a poco de personas e historias de un pasado que no había vivido. Sin casi poder moverse, Pedro empezó a percibir que las líneas de transpiración comenzaban a desdibujarse y el temblor de su cuerpo empezaba a ceder.

Ya no sintió pánico, pudo sonreír tranquilo y respirar profundo.

Estaba volando por primera vez, y ya nada más importaba.